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Por Chepita Fuentes

Mi madre molía en la piedra ajos, orégano y perejil, le agregaba aceite de oliva y con esa pasta untaba las papas chiquitas con su piel, pues son muy molestas de pelar pero muy sabrosas. Bien impregnadas con la salsa de ajos, las llevaba al horno de donde despedían un aroma que abría el apetito. Para nosotros eran una verdadera golosina que disfrutábamos acompañadas de variadas ensaladas. Y las llamábamos “papas con chaleco” porque se comían con su piel.

Sin embargo, para la mayoría de los guisos se pelan, y las cáscaras van al basurero. En mi caso, van al compost de mi huerta o para las lombrices. Pero también tienen varios otros usos que con el tiempo se han ido perdiendo.

Con mi madre hervíamos las cáscaras, y unas vez coladas se convertían en un poderoso jaboncillo. Los ternos de mi papá con manchas en las solapas y los pantalones los lavábamos con este maravilloso jaboncillo desmanchador. Las faldas oscuras, las bufandas, los zapatos y zapatillas, los abrigos, los cubrecamas, en fin, toda la ropa oscura quedaba sin manchas y esponjosa con las cáscaras hervidas de las papas.

También sirve para lavar el pelo negro o castaño. Quedará con un cuero cabelludo hermoso y desinfectado.

Olvidaba decirles que se aplica esta agua y después se enjuaga todo en forma normal.

La materia prima es barata y los resultados son ÓPTIMOS. ¡Qué tengan éxito!

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