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A sus 42 años, esta actriz, comediante, locutora de radio y panelista de televisión, madre de dos hijas, se reconoce como una firme creyente de que la realización personal y profesional es clave en la salud y el éxito. Temas que aborda con su característica locuacidad en esta entrevista exclusiva con “El Guardián de la Salud”.

 

Por: Antonio Muñoz B., Periodista PUC y
Gonzalo Carrasco, Director de el guardián de la salud

Agosto, 2017

¿Es efectivo que le temes a la enfermedad y a la pobreza, como has declarado en algunos medios nacionales?

“Parto diciendo que soy una persona superfeliz y creo que la vida ha sido realmente muy generosa conmigo, incluso con la profesión que elegí, como si hubiese sido tocada por una varita mágica. Mi mamá dice que, cuando yo era chica, me  preguntaban qué quería ser cuando grande y yo contestaba  actora”, ni siquiera actriz, porque no tenía idea de dónde venía esa palabra. No tenía ningún familiar que lo fuera. Pero en mí había algo que me impulsaba a estar actuando todo el tiempo. Y lo mantuve durante toda la vida. Nunca quise otra cosa que no fuera eso. Siento que eso es divino y soy absolutamente feliz con mi profesión. Vibro con lo que hago todos los días. Entonces, me pregunto, me cuestiono, ¿cómo hace la gente que trabaja sólo para llegar a fin de mes en una ocupación que te genera lucas para comer, pero que no te aporta nada para tu
vida? Desde esa pregunta, me parece que está todo mal, porque ¿cómo una persona que trabaja sólo para tener que comer va a poder ser feliz, si no está haciendo lo que realmente la hace feliz? Hoy, a mí me preocupan mucho los jóvenes, porque siento que, cada día, tienen menos aspiraciones y sueños que cumplir, menos deseos de realizarse. El sueño de toda mi vida
fue ser actriz, actuar, estar arriba de un escenario. Entonces era un sueño tan latente, que todo lo que yo hacía era para lograr ese objetivo. Todo. Entonces, no entiendo cómo una persona vive sin un objetivo que cumplir”.

 

¿Y sobre la enfermedad, qué nos puedes decir?

“Mucha gente dice ´Ay, por ti no pasan penas´. Me pasa lo mismo que a cualquier otro ser humano. Pero tengo esta herramienta, que es mi trabajo, que me saca de esos momentos. Primero, como amo tanto lo que hago, si estoy enferma, no lo puedo hacer. Y cuando he estado enferma, no he podido trabajar y ahí me encuentro con el lado más oscuro de mí misma, que es la frustración, la rabia, la pena. Todas las cosas malas que tiene un ser humano vienen a mí cuando estoy en un estado de no poder hacer lo que amo. Si yo no tengo  trabajo, no quiere decir que me voy a morir de hambre, quiere decir que no estoy cumpliendo con mi felicidad. Entonces, a esas dos cosas le tengo pánico, porque sé que me tirarían al fondo del hoyo”.

 

Recientemente, tuviste una complicación de salud por lo que te asesoraste con una iridóloga. Cuéntanos esa experiencia.

“Hace 9 meses, empecé a sentir síntomas de embarazo, aunque sabía que no lo estaba. Tenía náuseas, malestar. Entonces, me dije: ´¿Qué hago?´. Y ese es el problema de la medicina de hoy. ¿Se acuerdan que, antes, todas las familias tenían un médico de cabecera? Yo tenía al doctor Sergio Araya, el ´chico´ Araya. Entonces, mi mamá lo llamaba: ´Chico, tengo a la Renata enferma´. ´Ya, después de la consulta me paso para allá´. Y llegaba el doctor con su maletín a la casa. Benzetacil
para allá, Neurobionta para acá, la otra cosa para allá y la otra para acá.

Y era médico general, no tenía una especialidad. Finalmente, te daba una respuesta o te mandaba a hacer una lista de exámenes. Hoy, uno tiene que ser su propio médico en la casa. Porque, con esta sintomatología, ¿a qué médico voy si tengo náuseas? ´Ya, voy al gastroenterólogo. Pero, ¿qué le digo al gastroenterólogo? Mejor, voy primero al ginecólogo´. Fui y me preguntó qué tenía. ´Náuseas´. ´Ah, pero ¿no estás embarazada? Entonces, te voy a hacer la mamografía y el Papanicolau.´. Listo. Otro día más para los exámenes. Otro para llevarlos. Ya tenía casi un mes entre todas esas cosas, para que después me dijera: ´Ya, chiquilla, tienes bien el Papanicolau, tienes bien la mamografía. No, no es por acá tu malestar´. ´Ya, pero ¿qué
hago?´ ´Yo que tú, le pido hora a un gastroenterólogo´. Vamos donde el gastroenterólogo. ´Mira, la verdad es que no te encuentro nada. Tendría que hacerte más exámenes´. Que la endoscopía, que la colonoscopía, manguera por la boca, manguera por este otro lado. En definitiva, una vuelta más larga para llegar a un hepatólogo, que es un especialista en el hígado.

No quiero hablar mal de los médicos. Ojo. Pero esta es mi historia personal. Ahí pasó lo de la iridóloga. Llega al programa y yo me dije: «¡Tate!, le voy a preguntar a ella. Oye, tú me puedes echar una mirada, porque estoy hace tiempo con este síntoma de náuseas». «Ya, ven para acá». Todo, en comerciales. A lo más se habrá demorado 30 segundos. Me dijo: «Tú tienes el hígado inflamado». Y listo. Me mandó a hacer un examen y ¿cuál fue el resultado?: hígado inflamado. Me dio
unas gotitas de homeopatía, que me hicieron superbién. Pero lo verdaderamente importante es que uno tiene que buscar de dónde viene esa dolencia. No es tratar de que no me duela más, sino buscar la respuesta a por qué me duele. Y tiene que ver con los miedos. No se trata de tener un paciente 15 minutos al frente y decirle: «¿Qué te duele? Tómate esto». Es preguntarte,
es escuchar al prójimo. Ahí está la respuesta: comunicarse, que es lo básico. Cuando tenía esa sensación de náuseas, me dije: «Para que cambie algo, hay que hacer cambios en uno. Entonces, ¿qué estoy haciendo mal?» Y me puse a pensar. Cuando estuve tan bien en mi vida, cuando era esa Renata que estaba en templanza, ¿qué hacía yo? Hacía yoga. Concluí que debía regresar, porque me hacía muy bien. Y volví, pero esta vez al yoga Bikram, con calor».

 

A partir de este retorno, ¿notaste cambios en tu vida?

«Mira, creo que estando en la segunda clase, hicimos una postura que es abrir el pecho, con la cabeza hacia atrás, que es una de las que más cuesta por el significado que tiene, que es que te salgan todas tus emociones y, muchas veces, hasta te dan ganas de llorar. Justo ese día, yo estaba un poco afligida porque estaba pidiendo obligatoriamente un crédito hipotecario a un banco, un tema bien desagradable porque estaba complicada de lucas. Estaba con esto –sé que todo el mundo debe plata, pero a mí me carga–, de si lo pido o no, y de repente se me pasa por mi cabeza el juego Metrópolis. No sé por qué se me viene ese pensamiento, porque en el yoga uno tiene que estar aquí y ahora. Pero, en vez de luchar contra este pensamiento, lo acepto y digo: «¿Qué hacíamos con el Metrópolis? Comprábamos casas, vendíamos casas». Y me dije: «Es un mensaje, en el sentido de que la vida no es más que un juego». Te juro que salí de esa clase diciéndome: «¿Qué son las deudas, qué es la plata, qué es la gimnasia bancaria, qué es el estrés? Esta vida no es más que un juego». Y me empezó a cambiar la perspectiva, el nivel de angustia que tenía, el nivel de estrés. Todo se fue, se evaporó. Y ese mismo día se lo
conté a una compañera de Morandé con compañía. «Pao (Paola Troncoso), fíjate en lo que descubrí». Y sentí que le abrí los ojos. Compartimos el mensaje entre las que estábamos ahí y empezamos a descubrir que nosotros vivimos en un reality y que hay gente que nos está mirando, que somos como ratones de laboratorio, en el sentido de descubrir quién se estresa
más con subirse al Transantiago, quién se estresa más con no llegar a fin de mes, quién se estresa más con todo. Entonces fue como «Te pillé el juego, compadre. Conmigo no vas a poder´. Y no me estoy volviendo loca.

Siento que le estoy ganando a la vida, que soy la que va a ganar el reality. Esa es la sensación que tengo, que pillé el meollo del asunto, es un juego y nada es tan grave. Y, en la medida que lo comparta, más daño le hago a los que nos están observando, porque  la idea era que no los pilláramos. Entonces,  cuando alguien me tira una pachotada y me dice, «Oye, yo estaba primero, qué te pasa con tu cacharro», yo digo: «Ah, ese no está cachando el juego de la vida». Y se me hizo tanto
más simple seguir viviendo”.

 

¿Dirías, entonces, que la iridóloga te ayudó a sanar?

“Ella me dio a tomar unas gotitas de homeopatía que son especiales para el hígado y, además, sentí que tenía mucha rabia, porque mi primera reacción frente a la frustración era rabia. No era ni pena ni angustia, sino rabia. Justo al programa, que es mágico para mí, fue un terapeuta que hace flores de Bach. Tenía todo su arsenal consigo, con su maletita, con todas las esencias. Empezó a explicar de qué se trataba cada una. Por ejemplo, para el amor, yo mezclo esto con esto; para los dolores de cabeza, mezclo esto con esto. Y yo le pregunto: ‘¿Hay algo para la rabia?’ ‘Para la rabia, la flor de no sé qué’ ´’Ah, ¿en serio?’ ‘Toma’. Y lo preparó ahí mismo y me dio el frasquito. Cuatro gotitas cada cuántas horas. Te juro que esos
primeros días andaba con el frasco pegado. Y se me quitó la sensación de rabia. También les doy a mis hijas, Sara y Estela, cuando están mañosas. ‘Ven, ven, remedio para la rabia’. La homeopatía me funcionó perfecto”.

 

¿Cómo llegaste a ser rostro de la marca de productos naturales Salus Floradix?

“Hace un tiempo, anduve un poco baja de ánimo, algo raro en mí. A las 3 de la tarde, me quería ir a acostar. Paro en un semáforo. Para una micro al lado que tenía la publicidad de este suplemento. Lo veo. En la publicidad, aparecía una mujer como muerta de sueño, igual a mí. Era como si yo me hubiese visto en un espejo, que era la micro, y ella era yo. Decía: ´¿Estás cansada, estás fatigada?´. Y pum, partió la micro y no alcancé a ver el nombre del suplemento. Fui a una farmacia
a buscarlo y no estaba. Agotado. Me fui para la casa, pensando en que me lo quería tomar. No recuerdo si ese mismo día o al día siguiente, me llega. Me habían escrito en mi cuenta de Instagram: ´¿Te puedo enviar un regalo?´ ´Lógico´, respondí. ¿Y adivinen lo que era? Una caja de todos los productos de Salus Floradix para mis hijas y para mí. Lo malo es que mi marido comenzó a tomarlo conmigo, entonces se me acaban a cada rato. Pero con esto de andar vibrando en la espiral de la energía positiva, de la buena onda, versus la energía negativa, siempre tengo. Si afirmas: ´Quiero esto. Voy a ir para allá´. Te va a resultar, porque la vida es mágica y lo compruebo todos los días”.

 

¿Qué hace Renata para cuidarse y no enfermarse, además de tomar suplementos con vitaminas y vivir la vida como un juego?

“Primera cosa, en la medida de lo posible, tratar de hacer lo que me apasiona, que es actuar o comunicar, porque también trabajo en radio, en el matinal de La Red, en el programa del Kike, en el teatro. Segundo, tengo un secreto que me resulta superbién, que es proponerme metas. Como soy de agenda, me organizo el día antes: mañana, médico de tal a tal hora y en
tal parte; a tal hora, en tal otra parte; después, dónde voy y cómo me voy. En el fondo, visualizo mi día, lo que
hago desde el año 1, desde el colegio.

Siempre dentro de esta organización, pongo algo que quiera hacer con todas las ganas. Son cosas sencillas, como pintarme las uñas, tejer, leer un libro, ir al cine, juntarme con una amiga. Todos los días en mi vida tiene que haber un momento para hacer algo que me encante. Entonces, cuando hay momentos que no me gustan mucho, sé que va a venir el momento que me va a encantar. Es como el recreo. Estoy todo el tiempo vibrando para llegar a ese momento. Tercer secreto, nuevamente en la medida de lo posible, puesto que sé que el tiempo apremia, una prioridad es hacer ejercicio físico. Y lo que a mí me resulta, lo cual no quiere decir que a las otras personas también, porque la energía de cada ser humano es distinta, es practicar yoga Bikram, que es con calor, porque salgo supertranspirada, quemo calorías y renuevo todo mi sistema circulatorio, boto todas las toxinas. Y me ayudo con todos estos suplementos adicionales, porque que hay que echarle una ayudadita al cuerpo. Tomo además aceite de coco, que se lo copié a la Vanesa Borghi. Un día le dije: ´Vane, dame sólo un tip de belleza, sólo uno´. ´Aceite de coco´, me dijo. Y partí inmediatamente a comprarlo. Y fíjate que me ha resultado muy bien para la digestión, para el pelo, para las uñas, para la piel. Se puede tomar en líquido –a cucharadas– o en cápsulas. Yo lo tomo en cápsulas, 4 cada mañana. Además, tomo colágeno; tomo mucho líquido, por lo menos dos litros al día, pero de
té y bebidas en base a aloe vera, porque no me gusta el agua”.

 

¿Qué otros alimentos están prohibidos en tu alimentación?

“Nunca he tomado bebidas gaseosas, salvo que me la des como piscola, porque se me cierra la tapita de la epiglotis. Nunca he hecho dieta, aunque trato de cuidarme. Antes comía lo que estuviera al alcance de la mano. Ahora, en cambio, privilegio
mucho comer ensaladas, me encantan, me fascinan. En vez de una parrillada, prefiero una ensalada rica, con aceitunas,
aceite de oliva, champiñones, palmitos, repollo, lechuga. En la hora del té, que para mí es fundamental con mis hijas, me siento a mi mesa con un vaso de café con leche, cortado con leche de almendra, que me encanta, y unas galletas de salvado de trigo con palta. Me encanta la palta. Creo que me como unas tres al día. Una vez, mi papá me dijo: ´Como no sé cocinar nada, voy a la feria a comprar plátanos y paltas. Y, cuando me da hambre, agarro el platanito, lo abro –no necesito tenedor
ni cuchillo, tampoco lavarme las manos–, me lo como, es más rico que la cresta y saludable. Termino, boto la cáscara y sería todo. Lo mismo con la palta´. Y está más sano que todos nosotros juntos. Entonces yo dije: ´Claro, vienen de la naturaleza, están hechos para eso, son fáciles de comer, son muy ricos; algo bueno tienen que tener´».

Entrevista publicada originalmente en la Edición 159 de El Guardián de la Salud, en el mes de  Agosto del año 2017

‟Puede ver la entrevista completa con Renata en nuestro canal de Youtube en el siguiente link:
https://youtu.be/4bZ-0dbAK6w”

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