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Antonio Muñoz, Periodista PUC

Alrededor de un siglo ha transcurrido desde que el fisiólogo y naturalista francés René Quinton postulara su teoría acerca del agua de mar y su aplicación en la salud humana, que prontamente cayó en el descrédito y el consiguiente olvido. Al menos, para la ciencia y para la medicina alópata. Sin embargo, un grupo de seguidores se ha encargado de mantener con vida sus
aportes, que hoy parecieran revalorarse a la luz de la medicina integrativa. Incluso, hay quienes están experimentando con resultados optimistas en otras áreas como la horticultura, lo que, de prosperar, podría convertirse en la solución para la sequía.

En Latinoamérica, Colombia y Nicaragua son los que más casuística tienen a su haber. Así lo sostuvo la Dra. María Teresa Ilari, quien hace más de 30 años vive en este último país, dedicada por completo a la atención de pacientes con agua de mar en la Clínica Santo Domingo, en Managua, de la que es Directora. En su última visita a Chile, en agosto pasado, comentó que el periodista Laureano Domínguez contribuyó a convencerla de que ésta era una terapia efectiva, al presentarle documentación de niños salvados de la desnutrición en Francia, a principios del siglo XX, y de pacientes que, en Colombia, superaron con éxito enfermedades como la cirrosis y la hipertensión arterial. “Al principio, a nuestros pacientes les hacíamos firmar un consentimiento informado, pero ya después de 300 o 400 casos, vimos que el agua de mar era un coadyuvante terapéutico maravilloso que no tenía contraindicaciones y gracias al cual la gente mejoraba a un paso más rápido”, afirmó la doctora nacida en España y quese especializó en medicina interna en la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua, en el Hospital Escuela Roberto Calderón Gutiérrez.

Según su experiencia clínica, patologías como hipertensión, diabetes, insuficiencia renal y artritis reumatoide, entre otras, deberían desaparecer al ser tratadas con agua de mar, en el entendido de que es una terapia complementaria. Y la literatura científica pareciera estar de acuerdo, porque en Japón ya hay estudios que demuestran que las alergias y las dermatitis alergénicas se curan como consecuencia de su ingesta. A similares conclusiones han llegado investigaciones realizadas en
Taiwán, China y Estados Unidos, donde William Fenical, de la Universidad de California, ha hecho sólidos aportes. Y cómo
olvidar las contribuciones del Dr. Wilmer Soler, quien fue catedrático en la Facultad de Medicina de la Universidad de
Antioquía, adjudicándose el Premio Nacional de Ciencias en Colombia, gracias a uno de sus estudios. Mientras, en nuestro país hay quienes afirman que hasta el cáncer podría curarse mediante esta terapia, aunque aún no hay investigaciones
científicas concluyentes al respecto.

Por otro lado, el agua de mar es recomendable para quienes están sanos y desean preservar o mejorar su bienestar físico, como los deportistas de alto rendimiento –por sus propiedades hidratantes– y las personas de la llamada “tercera edad”. De hecho, en Europa se vende desde 1990 como “Plasma de Quinton” y es frecuente ver a los ciclistas de la Vuelta a Francia consumiendo estas ampollas durante sus descansos.

Otro incondicional es el tenista español Rafael Nadal. Por eso no es de extrañar que, en Nicaragua, se le diera  reconocimiento legal a la talasoterapia, como se denomina el uso de agua de mar para el tratamiento de enfermedades, mediante una ley aprobada en 2011 y, en 2017, se aprobara su incorporación en los 117 centros de medicina alternativa dependientes del Ministerio de Salud.

Actualmente, hay países que están explorando el uso de agua de mar en la agricultura biosalina. Un caso es Irán, que contrató como asesor a Edgar Omar Rueda, quien es académico de la Universidad de Sonora en México y doctor en agronomía, para la construcción de un mareducto destinado a “reverdizar” el desierto mediante el cultivo de plantas del género salicornia. Similar fue la experiencia del científico norteamericano Carl Hodges en el país africano de Eritrea y de la Fundación Aquamaris, en España, que desarrolla proyectos para regar por capa freática con agua de mar. Según la Dra. María Teresa Ilari, “se trata de una técnica más costosa, pero que es muy interesante para los países que tienen tanto
desierto, como Chile”.

Hasta en la industria veterinaria podría usarse el agua de mar como un potente insumo. Prueba de ello se tiene en las tesis de título de los estudiantes de ganadería, en la Universidad Nacional Agraria de Nicaragua, a las que la Dra. Ilari ha tenido acceso. Al respecto, y en su creencia de que el conocimiento debe ser público, compartió lo siguiente: “Reses caídas, como le llaman allá a las vacas flacas, se levantan o engordan con agua de mar. También se demostró su poder curativo en el caso de la mastitis de las vacas, porque en vez de usar antibióticos, se les inyectaban agua de mar en la ubre, curándose muchísimo más rápido. Los pollos de granja también mejoraron su crecimiento y cantidad de carne con agua de mar”.

No en vano, la doctora también ha afirmado que “cuando escasee el bajísimo porcentaje de agua dulce en este planeta, que es la que bebemos normalmente, el agua de mar se convertirá en una especie de salida para la humanidad”

Artículo publicado originalmente en Diciembre del 2017 en la Edición 163 de El Guardián de la Salud.

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