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Extracto de un artículo por Kerry Torrens
Terapeuta nutricional

Recorra los pasillos de cualquier supermercado y se encontrará con postres sin grasa, galletas bajas en grasa y comidas listas reducidas en calorías. Y mientras nuestros carros de compras están repletos de estos alimentos “libres de culpa”, nuestra cinturas siguen creciendo. ¿Cómo es posible?

La historia de las grasas trans

El auge de los productos bajos en grasa comenzó en la década de los 80, cuando surgió el mensaje de que para mejorar nuestra salud, especialmente la salud de nuestro corazón, necesitábamos reducir la cantidad de grasas saturadas en nuestra alimentación. Esto significaba reducir los alimentos lácteos enteros, la carne roja y ciertos alimentos procesados. Es cierto que la grasa suministra el doble de calorías por gramo que los carbohidratos y las proteínas, y que la grasa saturada es el tipo de grasa principalmente responsable de obstruir las arterias y aumentar los niveles de colesterol. Sin embargo, mientras llegamos a un consenso sobre este hecho, la industria alimentaria comenzó a trabajar reemplazando las grasas animales en sus productos con aceites vegetales no saturados. No obstante, para poder usar estos aceites en lugar de las grasas sólidas, tuvieron que hacerles algunos cambios, como alterar su estructura, por ejemplo. Para hacer esto, los productores de alimentos utilizaron un proceso llamado hidrogenación, que creó una grasa sólida o semisólida que era más apropiada para sus necesidades de procesamiento de alimentos.

Desafortunadamente, ahora sabemos que estas grasas hidrogenadas aumentan los niveles de grasas trans peligrosas que son malas para nuestro corazón. Aunque las grasas trans se pueden encontrar en pequeñas cantidades en algunos alimentos naturales, estas versiones hechas por el hombre fueron incluidas en mayor cantidad y en muchos tipos de alimentos, lo que significó que comiéramos más de ellas.

Azúcar en vez de grasa

Además de alterar los aceites utilizados para producir alimentos bajos en grasa, los fabricantes también descubrieron que tenían que aumentar la cantidad de azúcar en sus productos, para que siguiéramos disfrutando de su sabor y textura. Todo esto significó que aquel producto bajo en grasa ahora era rico en carbohidratos (azúcar), podía contener grasas trans, y al final, tenía una cantidad de calorías muy similar a las del producto original. De hecho, cuando comemos alimentos con alto contenido de carbohidratos, especialmente los refinados blancos, nuestros cuerpos los digieren más rápido. Esto puede provocarnos cambios en el nivel de azúcar en la sangre y antojos, por lo que es más difícil controlar la cantidad que comemos; es decir, aumenta nuestra ingesta calórica total. Una alimentación demasiado alta en estos carbohidratos y azúcares refinados puede ser muy poco saludable, porque aumenta el riesgo de diabetes, enfermedad cardíaca y causa niveles altos de colesterol.

Grasas buenas vs. grasas malas

Todos necesitamos algo de grasa en nuestra alimentación, sobre todo porque esta hace que nuestra comida sea más apetecible y sabrosa. Ahora, nutricionalmente hablando, las grasas hacen más que solo suministrar calorías. Ciertas grasas, como la de los frutos secos, semillas y algunas variedades de pescado, proporcionan ácidos grasos esenciales (incluida la variedad omega 3). Estas grasas esenciales son importantes para mantener nuestros vasos sanguíneos sanos, producir hormonas y tener un correcto funcionamiento de nuestro sistema nervioso. La grasa en nuestra dieta también nos ayuda a absorber ciertas vitaminas, las solubles en grasa, que incluyen A, D, E y K. Seguir una dieta muy baja en grasa hace que la persona esté más propensa a tener carencias vitamínicas, lo que puede afectar su inmunidad, limitar la capacidad de su cuerpo para auto sanarse y tener posibles problemas óseos. Es mejor enfocar su alimentación en grasas más saludables. Esto significa incluir más pescado, frutos secos, semillas y aceites de oliva, palta o coco. A continuación, algunos consejos para recibir más grasas buenas, y dejar a un lado las malas:

  • Coma más pescados grasos, frutos secos y semillas; por ejemplo, elija salmón en lugar de pescados blancos; coma un puñado de nueces, almendras o semillas como linaza o chía, en lugar de snacks como papas fritas.
  • En vez de aderezar sus ensaladas con aceite de girasol (maravilla) o canola, use aceite de oliva extra virgen.
  • Prefiera alimentos frescos (frutas y vegetales), en lugar de los procesados (envasados).
  • Use mantequilla en vez de margarina.
  • Verifique en las etiquetas de alimentos, que no contengan grasas o aceites hidrogenados o parcialmente hidrogenados.
  • En vez de freír, prefiera la cocción al vapor, al horno o a la parrilla.
  • Reemplace la mayonesa por salsa de yogur. Solo agregue al yogur natural (sin endulzar) un chorrito de aceite de oliva, jugo de limón, algunas hierbas aromáticas, como eneldo, cebollín o romero, y una pizca de sal.

Fuente:
https://www.bbcgoodfood.com/howto/
guide/truth-about-low-fat-food

Artículo publicado originalmente en la Edición Nº 170 de El Guardián de la Salud

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