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Después de casi 20 años de buscar una dieta efectiva para mantener su peso bajo control, Adrián Pereira, sociólogo de profesión –Doctor en Comunicación y docente de Dirección Estratégica de la Universidad Miguel de Cervantes, donde es también Director del Magíster y Postítulo a Distancia– es un convencido de que el llamado “Método Grez” es lo correcto. Hoy, a los 40 años y con 91 kilos promedio desde hace varios meses, con una calidad de vida recuperada y exámenes médicos periódicos que certifican su buen estado de salud, sabe que ha logrado dar con un método que le resulta realmente efectivo.

 

Por Antonio Arredondo, Periodista PUC

 

¿A qué edad comenzó a hacer dieta?

“Mi primera dieta la hice a los 18 años, por indicación médica, porque debo haber estado pasado unos 10 kilos. Y el médico me dice: ‘Usted tiene que bajar de peso por el tema de sus rodillas’. Yo practicaba deportes en esa época, como artes Marciales y básquetbol. Y, a pesar de eso, no bajaba de los 100 kilos. Mi alimentación era normal, pero siempre comiendo harto pan; eso no lo perdonaba. Podía comer hasta dos o tres en la once. Y, cada vez que empezaba a hacer dieta, el efecto era el mismo: bajaba sólo un poco, porque lo complejo era que, como pasaba hambre, me ponía de mal genio, irritable.
Entonces, terminaba botando la dieta con un atracón de comida y siempre con la sensación de que, al final, la dieta no servía. Y conste que hice cuanta dieta había, todas las de moda”.

 

¿Qué complicaciones comenzó a tener en su vida diaria por el sobrepeso?

“Aparte del tema de las rodillas, en general, nunca tuve problemas por el hecho de subir de peso. Sin la pesa, jamás hubiera pensado que tenía 30 kilos de sobrepeso. Yo me percibía gordo, pero no tanto, porque mi estatura me ayudaba a disimularlo, aunque sabía que tenía que bajar de peso”.

 

¿En qué momento de su vida se dijo: ‘Esto tiene que cambiar’?

“Me lo dije varias veces. Y creo que ésta es la última y definitiva. A mediados del año pasado, me pesé y estaba en 125 kilos. Era un peso extremo, ya no sólo por un tema estético, sino también de salud, debido a los antecedentes diabéticos y de  hipertensión que tengo en mi familia: mi padre con una retinopatía diabética y mis dos abuelas con diabetes medio Complicadas. Entonces me dije: ‘No voy a llegar a los 45 años con diabetes e hipertenso. No voy a poder disfrutar de nada’. Cinco o seis años atrás, ya había abandonado el azúcar, que no añadía a ninguna de mis comidas, pero ese cuidado no me
estaba dando resultados. Como me dijo un amigo médico, con los antecedentes que tengo, lo más probable es que en
algún momento de mi vida sea diabético e hipertenso; pero ese momento depende de cómo me cuide ahora”.

 

Cuando se decidió por el cambio, ¿qué medidas adoptó?

“El primer cambio fue reemplazar el pan por batidos de frutas en la mañana, quizás un poco más parecido a lo que plantean los nutricionistas en términos de aumentar el consumo de frutas y verduras, más el café, que es imperdonable y no lo abandono por nada en el mundo.

En el almuerzo, comía muchos vegetales y la proteína la dejaba para un par de veces a la semana, con carnes de cualquier
tipo, aunque prefiriendo las blancas a las rojas. Y en la once repetía el desayuno. No consideré los snacks entre las comidas”.

 

¿Cuánto tiempo estuvo bajo régimen de batidos?

“Seis meses. Y ahí mi señora encontró el método Grez. Me dice un día: ‘Oye, salió un señor en televisión, diciendo que hay
que cambiar el orden de las comidas’. Y lo primero que me llamó la atención fue que decía que las dietas que entrega un
nutricionista son para gente sana y que, cuando uno tiene un problema de obesidad, se presenta un desequilibrio y para
equilibrarlo hay que generar un nuevo desequilibrio. Lo encontré de todo sentido. Compramos el libro antes de empezar
a seguir el método. También vimos un par de entrevistas en televisión, y lo que decía me hacía sentido con lo que había estudiado en el colegio, como el ciclo de Krebs para la acumulación de grasa, que la grasa no producía nueva grasa y el tema de los circuitos de insulina y melatonina. Con el régimen de los batidos de fruta, había logrado bajar 5 kilos en esos 6 meses previos, por lo que empecé el método Grez con 119,5 kilos, en diciembre del año pasado”.

 

¿Los dos iniciaron al mismo tiempo el método?

“No. Como soy sociólogo de profesión, si me he dedicado a algo en mi vida es a estudiar. Por lo tanto, tengo que investigar más, sobre todo porque, a pesar de que me sonaba coherente, el método era contrario a lo que decían todos. Entonces, comencé a buscar papers de información científica. De hecho, algunos los bajé de la misma página de Pedro Grez, como uno sobre el tratamiento para diabéticos con sólo dos comidas fuertes en el día. También otro sobre los fundamentos de la dieta High Fat Low Carb, que es parte del modelo y que repite más o menos lo mismo respecto de la sensación de saciedad como un elemento relevante, como consecuencia de un desayuno alto en grasas y de la redistribución de los horarios de las comidas. ‘Ah, tú estás haciendo el método en que comen puras grasas’; así es como la gente percibe el método. En definitiva,
no es así. Uno sí consume más grasas en el desayuno, pero el consumo de vegetales es altísimo en la hora de almuerzo,
no se erradica. Y lo mismo la fruta, que se consume más espaciada en el tiempo.

Seguí al pie de la letra aquello de los 10 días de desintoxicación, en que sentí todos los síntomas que describe el libro: resfriado y con dolor de cabeza. Nunca estuve malhumorado y esa fue una de las cosas que, en mi opinión, fue radical para que siguiera en el método. Me sentía saciado y, por lo tanto, podía optar por consumir o no consumir lo que me ofrecieran, que es algo donde no tenía ese control. Antes del método Grez, estaba sentado en una reunión, ponían galletas para el café y me las comía todas. Hoy, frente al mismo estímulo, si decido comer, como solo una”.

 

¿Fue muy violento para usted este cambio de hábitos alimentarios?

“Fue extraño, porque fue muy natural. Si hay un riesgo asociado, un tema que hay que cuidar en el seguimiento del método Grez, diría dos cosas: uno, aprender a leer las etiquetas, de tal manera de saber qué es lo que tiene azúcar y carbohidratos, que uno no tiene idea; y dos, cuidar el porcentaje de ingesta de proteínas, porque el consumo exacerbado puede generar otro tipo de enfermedades. Entonces, siempre tener el cuidado de llevar el control de cuál es el peso que uno tiene, pero con el propósito de tener el control sobre el máximo de proteínas que uno debiese consumir al día, porque creo que es más relevante la baja de talla que la baja de peso”.

 

¿Cuál fue el balance que hizo del método al primer mes?

“Había bajado por lo menos unos 6 o 7 kilos. La ropa me quedaba ya grande. Y me sentía con más energía, no me cansaba. Para mí, eso era algo fundamental. Yo soy una persona que trabaja todo el día en un escritorio. Y cada vez que me tocaba hacer actividad física más fuerte en la casa, como cortar el pasto o podar los árboles, terminaba adolorido una semana. Casi al mes de iniciado el método, me tocó hacer una actividad muy fuerte y estaba convencido de que al otro día iba a tener que
quedarme acostado. Y nada. Me levanté sin ninguna molestia muscular, con el cansancio de haber hecho ejercicio, pero sin dolor. Para mí fue un cambio radical. Eso me convenció, porque funcionaba. Y, ahí, se sumó mi señora”.

 

¿Cómo es hoy su régimen de alimentación diaria?

 

“En la mañana, concentro el consumo de grasas: puede ser huevos revueltos con mantequilla y tocino, una palta, leche de coco con frutos secos, un café con crema, porque la idea no es comer todos los días lo mismo, terminaría aburrido. De ahí no como nada hasta la hora de almuerzo, entre las 2 y las 4 de la tarde, y como porque tengo que comer. Y consumo verduras de todo tipo, salvo las que tienen alto porcentaje de azúcar, como papas, betarragas, zanahorias, y las acompaño de carne o
huevos; o bien, sólo verduras. No incluyo postre, pero sí café. En definitiva, la sensación de hambre es algo que perdí. Hoy, hay veces que he tenido que pasar en reuniones desde la mañana hasta las 6 o 7 de la tarde, y puedo pasar sin comer durante todo ese rato sin sentir hambre. Me tomo un café y estoy bien. Llego a la casa sin hambre, y por lo tanto, puedo comer de manera ordenada. A la hora de la once, habitualmente consumimos con mi señora una especie de cóctel, de picadillo de frutos secos con un trocito de queso”.

 

¿Puede ingerir alcohol?

“Cerveza no, porque tiene muchos carbohidratos. Lo que se recomienda fundamentalmente es el consumo esporádico
de vino tinto o blanco. Para ser honestos, la cerveza es lo único que me ha costado sacrificar”.

 

¿Frutas?

“Una vez a la semana”.

 

¿Puede comer tortas, pastelería en general?

“Es que la gracia está también en no restringirse. Tengo una familia grande, extensa, por lo que hay cumpleaños todos los meses. Efectivamente, hay tortas que me dan ganas de comer, y como. Tampoco me pasa como con otras dietas, en que yo tenía que ir al cumpleaños y llevar un yogur y ver comer rico a todo el resto, mientras me tomaba un yogur para mantener la dieta.

No. Cuando haya que comer, como, y eso implica que hay algunos cumpleaños en que no como torta porque no me dan ganas y hay otros, en cambio, en los que efectivamente sí me sirvo un trozo. Y sin culpa. Puede ser que ese día me pese y haya subido de peso, pero rápidamente vuelvo a mi peso normal, que es entre 91 y 92 kilos, y que he mantenido  en los últimos 3 meses. Y sigo bajando de talla. Y hay mucha gente que me dice: ‘Oye, estás muy flaco. Para de bajar de peso’”.

 

Adoptar el método Grez, ¿significó incrementar el costo de la alimentación?

“Me lo han dicho harto. Tengo varios amigos que, incluso, me han planteado que esta es una dieta para ricos, lo cual me da mucha risa. En estricto rigor, uno compra cosas más caras, paga entre un 20 y un 30% más por el mismo producto que sirve para el método versus uno que no sirve. Sin embargo, uno baja fuertemente en el costo de la alimentación el tema de las frutas y verduras, que compra en menor cantidad, teniendo en cuenta además que, extrañamente en Chile, la fruta es muy cara”.

 

¿Ha sido necesaria la suplementación nutricional?

“La recomendación que se hace en el método es consumir vitaminas todos los días, lo cual he seguido. Mi señora incorporó también el magnesio en cápsulas. Mi estado anímico es fantástico. Duermo bien, no tengo la sensación de sueño después de
comer. Cuando como carbohidratos, que es una cuestión que hago una vez a la semana o cada 15 días, lo que en el método se llama ‘el día chancho’, me doy el gusto de comer una marraqueta, que sigo encontrando exquisita, pero siento después una sensación de sueño, además de pesadez e hinchazón al día siguiente. Mientras mantengo el método el resto de los
días, no me siento así. Y, además, siento que estoy funcionando más rápido a nivel intelectual”.

 

¿Ha habido alguna contraindicación?

“Me hice exámenes médicos antes de empezar con el método, y tenía el colesterol elevado, no mucho, pero sí elevado. Me hice exámenes médicos después de tres meses de seguir el método, y mis niveles de colesterol eran normales. Los triglicéridos nunca los tuve altos. Ni antes ni después del método. Y pretendo ahora, una vez que termine el año con el método, volver a hacerme un chequeo médico completo. Los resultados debiesen ser positivos a nivel de glucosa en sangre, que es uno de los temas que a mí me preocupa por los antecedentes de diabetes e hipertensión”.

 

¿A todos les debería funcionar el método?

«Soy un convencido de que las dietas no son iguales para todas las personas. Eso es algo razonable que uno debe tener en cuenta. Si uno tiene la suerte de conocer un nutricionista que esté abierto a la opción de explorar este tipo de cosas,  fantástico, que se asesore. Pero la responsabilidad es de uno. Creo que el principal mérito del método es ese: ser un método, no una dieta, para transformar tu estilo de vida, lo que lo hace mucho más fácil de seguir”.

 

¿Se queda en el método Grez?

“Sí, sin duda. A mí me sirvió, me ordenó el tema. Efectivamente, mi porcentaje de grasa corporal es el adecuado para una persona de mi edad; por lo tanto, tengo todas las herramientas para decir: ‘Hasta aquí llego con el método y retomo la alimentación normal’. Sin embargo, creo que esta es la alimentación normal que a mi cuerpo le funciona. Tomo un desayuno en que me siento saciado, me siento bien y me da energías para funcionar durante todo el día como   orresponde. Almuerzo cosas que me gustan. Y me facilita, también, el hecho de llegar tarde a la casa –porque tengo muchas actividades fuera
de horario–, sin la necesidad de estar cocinando de nuevo. Es un método que se queda conmigo, que no sale de mi vida”.

 

¿Recomendaría a otros seguir el método?

“Sin duda. Pero, primero, recomendaría que lo conozcan y vean si les hace sentido. A aquellos que le hace sentido, compren el libro. Es una inversión pequeña para lo que significa un cambio de vida. Todos los cambios en estilo de vida asociados a mejoramientos de aspectos estéticos, a mí me parecen banales. Pero cuando van asociados a aspectos de salud, en prevención de enfermedades crónicas no transmisibles, como hipertensión y diabetes, es diferente. Como mi señora, que superó la resistencia a la insulina que padecía desde hace cinco años, teniendo hoy normal su hemoglobina glicosilada. Y, en ese sentido, si uno es responsable y hace las cosas como se recomienda que se hagan, documentándose un poco, todo debería resultar bien en este cambio de estilo de vida. Lo que sí sale más caro, lo que sí aumenta, es cambiar el guardarropa
completo.

Artículo publicado originalmente en la Edición 161 de El Guardián de la Salud. Octubre 2017.

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