Eleni Papadopulos-Eleopulos: “El VIH nunca ha sido aislado, por lo tanto su existencia no se puede probar”

Eleni Papadopulos-Eleopulos, biofísica griego-australiana, licenciada en física nuclear por la Universidad de Bucarest, quien se desempeña como técnico biofísico en el Royal Perth Hospital de Australia y es miembro del Grupo Perth (grupo que lleva más de 30 años debatiendo la existencia del VIH), asegura que no hay ninguna prueba de que el VIH exista realmente. Es más, afirma que no hay ninguna prueba del aislamiento de un retrovirus como partícula estable independiente, en la sangre fresca o en tejidos sin cultivar de ningún ser humano, con o sin SIDA. Y a medida de que pasan los años, estas pruebas todavía no existen.

Eleni Papadopulos-Eleopulos, biofísica griego-australiana, licenciada en física nuclear por la... seguir leyendo

El SIDA es considerado una enfermedad devastadora y mortal. Desde que en 1984 se anunció el descubrimiento del virus VIH y se le asignó la responsabilidad de causar SIDA, la comunidad mundial se volcó a la lucha contra el VIH, tal como lo establece la OMS (Organización Mundial de la Salud) y los CDC (Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades).

Sin embargo, lo que para una parte de la comunidad científica está resuelto, para otra no lo está. Es más, hay muchas preguntas o interrogantes sin respuesta y a medida que pasan los años, estas “incomodidades” científicas, o preguntas sin resolver, permanecen así. Una de esas interrogantes es ¿por qué aún nadie ha aislado el virus con el mismo método que se usa para aislar otros virus? Dicho de otra forma: ¿dónde está la prueba de que el VIH existe?

Muchos pensarían “es tan simple como buscar en google o en alguna revista científica para encontrar miles de imágenes del virus y cómo infecta otras células”. Y quizás al ver estas imágenes quedaríamos tranquilos, porque nosotros simples mortales no estamos en condiciones de cuestionar lo que publican las revistas médicas. Sin embargo, sigue existiendo un grupo de científicos que han escrito muchos reportes y han hecho estudios para replicar los resultados, llegando siempre a la misma conclusión: aún no existen pruebas concluyentes de que el VIH exista.

Uno de ellos es la biofísica griego-australiana Eleni Papadopulos-Eleopulos, licenciada en física nuclear por la Universidad de Bucarest, quien se desempeña como técnico biofísico en el Royal Perth Hospital de Australia y es miembro del Grupo Perth (grupo que lleva más de 30 años debatiendo la existencia del VIH*). Para ella, no hay ninguna prueba de que el VIH exista realmente. Es más, afirma que no hay ninguna prueba del aislamiento de un retrovirus como partícula estable independiente, en la sangre fresca o en tejidos sin cultivar de ningún ser humano, con o sin SIDA. Y a medida de que pasan los años, estas pruebas todavía no existen.

Aclaración

La existencia del SIDA no está en duda en este artículo. Es más, es un hecho demostrado que siempre ha existido y siempre existirá la inmunodeficiencia como resultado de un conjunto de causas, tales como uso y abuso de drogas, proliferación de enfermedades de transmisión sexual, mala nutrición y condiciones sanitarias, etc., (algo prevalente entre ciertas comunidades de EE.UU. a principios de los años 80), lo que propicia el aumento brusco de enfermedades como la neumonía por pneumocystis carini y el sarcoma de Kaposi. Esto está documentado desde hace mucho antes que se inventara la palabra SIDA. Otra cosa muy diferente es decir que el SIDA es causado por un virus, y que este virus es el VIH. Esta es la aseveración que genera la controversia.

Breve historia del descubrimiento del VIH

En la década de los 70, en Estados Unidos, el Presidente Richard Nixon había iniciado la guerra contra el cáncer y todos los esfuerzos estaban puestos en encontrar causas virales para este. Robert Gallo, virólogo con alto cargo en el Instituto Nacional del Cáncer, estuvo durante muchos años en la investigación del papel de los virus en el cáncer. Al resultar infructuosa tal investigación, Gallo siguió en su afán de encontrar virus donde fuera, hasta ver en el SIDA su oportunidad. Así, aprovechando la investigación no probada del virólogo Luc Montagnier publicada en 1983, en 1984, junto a la secretaria en salud de ese momento, se apresuró a declarar públicamente que ese virus “probablemente” era la causa del SIDA.

Luego en la revista Science, Gallo publicó fotos del “virus”, que no era otro que el supuesto virus de Montagnier, y la avalancha mediática comenzó. El VIH que causa SIDA había nacido, aunque la investigación nunca estuvo completa.

Científicamente hablando…

En palabras de Eleni Papadopulos, “El VIH nunca ha sido aislado, por lo tanto su existencia no se puede probar”. Ni menos se puede afirmar que cause el SIDA (ni la baja de linfocitos CD4 o T4, ni todo ese cuento, que solo muestra un estado pasajero del cuerpo). Para comenzar a entender esto, lo más básico es saber qué es un virus:

Un virus es una partícula que necesita de una célula para replicarse. Se compone de una cadena proteica alrededor de un pedazo de ARN o ADN, y carece de la maquinaria necesaria para replicarse, por eso necesita entrar a las células.

Ahora, se dice que el VIH es un retrovirus. “Los retrovirus son partículas increíblemente diminutas, casi esféricas, con diámetros de alrededor de cien nanómetros. Millones de retrovirus caben cómodamente en la cabeza de un alfiler. Los retrovirus tienen un envoltura externa cubierta con nódulos y un núcleo central que consiste en algunas proteínas y ARN”, explica Eleni. Los biólogos desde hace tiempo creen que la síntesis proteica va desde ADN al ARN. Esto es lo normal. Los retrovirus hacen este proceso en reversa. Es decir desde el ARN al ADN, proceso que es posible mediante una enzima catalizadora llamada transcriptasa inversa (RT, por sus siglas en inglés).

Para saber si hemos descubierto un virus (o retrovirus), debemos seguir un protocolo muy claro, establecido por el Instituto Pasteur en 1973. Primero, cultivar células y encontrar una partícula que se crea es un virus. En segundo lugar, se tiene que aislar esa partícula, para poder romperla y analizarla adecuadamente y fotografiarla. Luego, hay que demostrar que la partícula puede hacer copias fieles de sí misma. En otras palabras, que se puede replicar.

¿Qué vemos entonces en las fotos que se han publicado del VIH?

Montagnier y Gallo hicieron una prueba llamada bandeo por gradiente de densidad, pero no publicaron ninguna foto con el microscopio de electrones. Sin embargo, eso no importó para llamarlo ‘VIH puro’. Lo que publicaron fueron en realidad imágenes de algunas partículas que ellos afirman son retrovirus y VIH. Pero las fotografías no prueban que las partículas sean un virus y la existencia de VIH no fue probada usando el método estándar. Las micrografías de electrones de Montagnier y Gallo y todas las imágenes de microscopio publicadas hasta la fecha son cultivos de células no purificadas”, explica Papadopulos.

En una entrevista a Montagnier en 1997 por Djamel Tahi, Montagnier reconoce esto y dice “¡Lo repito, no lo hemos aislado!”, y cuando se le preguntó si Gallo purificó el “VIH”, respondió: “No creo que lo haya hecho”. (1)

En 2001 Djamel Tahi también entrevistó a Jeanne-Claude Chermann, el segundo autor del artículo de Montagnier de 1983. Cuando se le preguntó cómo obtuvieron el ARN del VIH, respondió: “Del virus, que habíamos concentrado y purificado”. Cuando se le preguntó por qué no publicaron fotografías de su VIH purificado respondió: “Porque no era importante”. (2)

Las primeras y únicas fotografías EM del “VIH” supuestamente purificado fueron publicadas en 1997. En ese año se publicaron dos estudios que incluían las primeras fotografías al microscopio electrónico del “VIH purificado”, uno llevado a cabo por un grupo norteamericano, cuyo autor principal fue Julián Bess, y el otro por un grupo franco-alemán, cuyo autor principal fue Pablo Gluschankof. Los autores de ambos estudios afirmaron que su material “purificado” contenía algunas partículas que tenían la apariencia de retrovirus y que en realidad eran partículas del VIH. Pero admitieron que su material contenía predominantemente partículas que no eran retrovirus, sino que eran “partículas de membrana en gemación que con frecuencia se denominan micro vesículas”, a las cuales denominaron “virus falso”.

Eleni, ¿por qué, a pesar de todo lo que nos ha explicado, casi todos los científicos y médicos del mundo parecen estar extremadamente cómodos con la misma evidencia que a otros les cuesta tanto aceptar?

El problema no es aceptar la evidencia, sino cómo la evidencia es interpretada. La forma que lo veo es esta: La mayoría de los científicos y doctores que creen en el VIH y que el VIH causa el SIDA, lo hacen porque aceptan la interpretación de una minoría relativa de expertos. Es totalmente poco realista esperar que todas las personas que trabajan en el SIDA analicen la data al grado en que nosotros lo hemos hecho. Respecto a los expertos del VIH, yo no sé por qué ellos interpretan la evidencia de esa forma. Solo puedo especular. Quizás es porque las imágenes son muy poderosas. Hay imágenes que contienen partículas que se parecen a un virus y hay RT (transcriptasa inversa) en los mismos cultivos que las partículas. Es posible mentalmente conectar partículas, RT y proteínas y los anticuerpos que reaccionan con las proteínas, y convertir esto en evidencia para la existencia de un retrovirus. Especialmente para un retrovirólogo. Supongo que ese es todo el problema”, concluye.

Según el Grupo Perth, los expertos en VIH/SIDA no han probado:

1. La existencia de un retrovirus único y adquirido exógenamente: “VIH”.

2. Que las pruebas de anticuerpos “VIH” son específicas para detectar la infección con “VIH”.

3. La teoría del SIDA por “VIH”, vale decir, que el “VIH” causa inmunodeficiencia adquirida (destrucción de linfocitos T4), y que esto último lleva al desarrollo del síndrome clínico llamado SIDA.

4. Que el “genoma VIH” (ARN o ADN), origina una partícula infecciosa retroviral única, adquirida de forma exógena.

5. Que el VIH/SIDA es infeccioso, ya sea por sangre, productos sanguíneos o relaciones sexuales.

6. Que existe la transmisión entre madre e hijo del retrovirus “VIH” ni que pueda ser inhibido con el uso de los medicamentos antirretrovirales AZT o nevirapina.


El Grupo Perth ha argumentado:

1. La imposibilidad de que los hemofílicos adquieran “VIH” después de recibir transfusiones.

2. Que el SIDA y todo el fenómeno inferido como “VIH” es provocado por cambios en el redox celular producto de la naturaleza oxidativa de sustancias y exposiciones que son comunes para todos los grupos de riesgo para el SIDA, y también para las células usadas en el “cultivo” y la “aislación” del “VIH”.

3. Que el SIDA no se propagará más allá de sus grupos de riesgo originales.

Que la cesación de la exposición a agentes oxidantes y/o el uso de antioxidantes mejorará el pronóstico de pacientes de SIDA.

Que los datos farmacológicos prueban que el AZT no puede matar el “VIH”, y que el AZT es tóxico para todas las células, pudiendo ser, de hecho, causante de algunos casos de SIDA.

Referencias

  1. Texto de la entrevista grabada en video que se llevó a cabo en el Instituto Pasteur en Julio de 1997: www.theperthgroup.com/TRANSLATIONS/dtlmSpanish.pdf

  2. Comunicación personal de D. Tahi: Entrevista privada con el Profesor Jean-Claude Chermann, Centro de Investigaciones de Luminy, Marsella, Francia- Abril de 2001. (dtahi@terraincognita.fr)

Fuentes:

www.theperthgroup.com/whatargued.html

www.primitivism.com/hiv-interview.htm

http://science.sciencemag.org/content/224/4648/500

http://superandoelsida.ning.com/profiles/blogs/sida-un-mito-que-se-derrumba-m

www.sciencedirect.com/science/article/pii/0163725892900522

www.theperthgroup.com/TRANSLATIONS/dtlmepSpanish.pdf

www.cdc.gov/hiv/spanish/basics/whatishiv.html

www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC4172096/

Por Paulina Pizarro, escritora independiente.

Artículo basado en varias entrevistas hechas a Eleni Papadopulos-Eleopulos, entre 1997 y 2016, por parte de distintos medios (incluyendo la revista Continuum y el periódico El Guardián de la Salud).

(Publicado originalmente en El Guardián de la Salud, en la edición 152, en su versión impresa)